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Adriana Orozco Sánchez*

Cuando escuchamos la palabra leer puede que venga a nuestra mente la imagen de alguien en un rincón apartado del bullicio con un libro. Sin embargo nuestras primeras lecturas no fueron precisamente con un libro entre nuestras manos.

Podríamos en este instante desempolvar nuestros primeros acercamientos a la lectura y, tal vez, algunos podrían recordar a mamá o a la abuela contando algún cuento. Así podemos darnos cuenta que desde que nacemos vamos leyendo el mundo, nuestro mundo. Y no lo hacemos solos, es decir, nuestras primeras lecturas fueron compartidas, acompañadas por otros.

abuela-leyendoAsí estas primeras lecturas a temprana edad juegan un papel relevante en el desarrollo intelectual y emocional del niño y, quizá, algo más importante, ayuda a crear una complicidad de emociones entre padres e hijos y estrechar vínculos afectivos muy importantes en el crecimiento del infante.

Se puede afirmar que leer, aparte de producir placer, también tiene la cualidad de favorecer conexiones neuronales y estimular la actividad cerebral, poniendo a trabajar el hemisferio izquierdo; más en específico, el lóbulo occipital temporal izquierdo, el cual podemos ubicar en la parte de atrás de la cabeza, detrás de la oreja izquierda.

Entre sus otros tantos beneficios para el desarrollo del niño es importante mencionar que esta práctica de lectura compartida se queda grabada -como pequeñas huellas- no sólo en la mente sino también en el alma, el corazón- en ese íntimo lugar en el que regresamos cuando nos duele o regocija el alma- cuando al recordar (ya adultos) a la abuela,  a mamá o a una primera maestra contándonos un cuento y evocar una dulce nostalgia por los olores, colores y hasta sabores (la historia acompañada con una dulce concha de chocolate) y como magia de cuento salir de la chistera del mago a esa  tierna edad. A  la fascinación que se refleja en ojos de niño al escuchar cada detalle del relato y hasta el miedo y la angustia de saber qué le iba a pasar a Caperucita roja cuando el lobo dice: ”para comerte mejor” .

Estos relatos enseñan al niño a experimentar sin riesgo las diferentes emociones que sin menor a duda van a enfrentar a lo largo de su vida.

De ahí la enorme relevancia de realizar este tipo de prácticas; sin embargo, la primera generación del siglo XXI ya no tuvo, en su mayoría, esa oportunidad de escuchar relatos, de llevar al pequeño a dormir con un cuento bajo el brazo. De contar una historia de terror bajo la luz de una lámpara en la cara en el patio trasero simulando un campamento al aire libre. La inmediatez y rapidez con que se mueve el mundo ya no lo permite.

La revolución tecnológica que avanza a la velocidad de la luz, parece haber convertido a la humanidad en esos personajes terroríficos de ficción, que nos hacían temblar de miedo cuando nos contaban de ellos: Los zombis (se observa ahora a personas con mirada corta y los ojos clavados a una pantalla de una tableta o un teléfono inteligente).

Ahora que todo es medible y cuantificable la lectura no ha podido escapar de esas garras y vemos como en las escuelas se mide el número de palabras por minuto que un alumno debe leer y bajo la presión de estar tomando un examen el niño puede fácilmente desencantarse de los libros.

La lectura, como dice Benito Taibo: “Es un apapacho al alma. Lees para saber que estás vivo”.

leer

Así, para resumir un poco la lectura, aparte de estimular nuestras conexiones cerebrales y aumentar nuestros conocimientos nos hace conectarnos con las emociones, hace que las conozcamos y las vivamos a través de las páginas de un libro, nos vincula con los nuestros. Crea, entonces, lazos familiares con olor a libros.

El reto para esta sociedad tecnológica es regresar a esa práctica que acaricia el alma entre padres e hijos, abuelos y nietos y maestros y alumnos.

*Licenciada en Comunicación y Periodismo por la FES Aragón.
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