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fotografia-israel-mendoza-torresIsrael Mendoza Torres* | @israelmendozat

¿Realmente importa la apariencia de acuerdo a la edad? ¿Quién dicta la forma en que deba vivir una persona? Etiquetas como los productos de un supermercado, frente a una sociedad globalizada y cada vez más escandalizada ante la vida privada de las personas. Quedan huecos en la cultura del respeto, que no es un favor, sino una derecho y obligación de todos.

“Qué ridículos: ya no están en edad para el antro”. “Ya está demasiado ruca como para usar minifalda”. “De seguro anda urgida, anciana y con ese escote”. “Mira a ese chavo-ruco, de seguro anda buscando robar la juventud de los que estamos aquí”. “Ay, mamá, ya estás grande como para vestirse así”.

Avance tecnológico Vs. Adjetivos arcaicos

El ser humano ha demostrado una y mil veces que tiene la capacidad de hacerse la vida mucho más confortable; ha creado las formas de sociedad y gobiernos, desde aquellos enormes conflictos que se tenían en la antigua Grecia y que dieron paso a las sociedades más ordenadas y democráticas, ya que era demasiado conflictivo escuchar a todas las voces que conformaban los pueblos, para dar solución a una desavenencia. Asimismo, la nanotecnología ha sido fundamental para el fortalecimiento del entorno autosustentable en disímiles materias.

Empero, desarrollamos formas denigrantes en nuestro lenguaje con mucho más fervor para denotar los “defectos” de los demás. Con el paso de los años y el avance tecnológico, la discriminación en todos los sentidos ha imperado en nuestro entorno. La realidad es que nos auto-saboteamos para no vivir en plenitud y felicidad. Los adjetivos violentan y, no son más que el reflejo de una sociedad cada vez menos sensible ante su medio ambiente. 

Los adjetivos arcaicos que arrastramos y engrandecemos con ímpetu sobre la forma de vida de los demás, ha impedido que la gente se desarrolle íntegramente y se crea un rompimiento en la confianza individual. Las etiquetas, como hemos leído y escuchado hasta el cansancio, son sólo denostaciones que, incluso pueden culminar en una situación catastrófica. Nos etiquetamos cual producto de intercambio comercial que se exhibe en un aparador.

La violencia no sólo se permea de manera física, también psicológica. Un trauma ocasionado por el truncamiento a la libertad de decisión, de pensar, de sentir, de vivir queda de manera permanente, cual cicatriz en la memoria, mucho más que un suceso físico. Recordemos que la memoria es una computadora que registra todas las experiencias vividas y aprendidas de una forma impresionante, que puede llegar a somatizarse cuando nuestras células registran ese patrón de conducta de manera constante y es cuando dan paso a las enfermedades. 

Etiquetas del lenguaje

Hemos desarrollado formas diversas de agresión verbal que, con el paso del tiempo, puede tomarse como parte de la cultura del ser humano, de la sociedad. Esos lenguajes agresivos se arraigan de manera tradicionalista en el vocabulario de los individuos que ya no hay la debida conciencia del daño colateral que esto implica. Cabe señalar que, no porque a todos les parezca gracioso, lo es para los demás.

Las etiquetas en nuestro lenguaje han impedido que la gente se vista como así le brinde su libre albedrío, y no ante el beneplácito de la sociedad cada vez más demandante ante lo que se creé que es el “perfeccionismo de la belleza”. 

Muchas de las mujeres han asumido, en un abanico de bombardeos culturales desde la familia, la religión, la escuela, la sociedad… que a partir de cierta edad ya no “deben” comprar indumentarias personales de tal o cual índole porque serían “el hazme reír” de su entorno.

Esa agresión social va traspasándose de generaciones en generaciones porque “no es decente” mostrar el cuerpo cuando, el transcurrir de los años han dejado registro fiel en la piel. ¿Quién dice que esa ropa no es la adecuada para una persona anciana? Y, ¿qué sucede cuando a esa persona le agrada la prenda? ¿Debe abstenerse de comprarla y, lo más importante, usarla porque a los demás no les parece?

En la actualidad, el concepto de belleza ha quebrado toda forma humana natural, dando paso (muchas veces) a estigmas sobre la apariencia de celulitis, arrugas y demás signos de la madurez biológica, porque inmediatamente es sinónimo de ridiculez, insensatez, indecencia…

¿Qué ley natural ha señalado que un hombre de más de 50 años no pueda disfrutar de las luces en un centro de espectáculos, de bailar y divertirse…? No, no hay tal ley. Sólo en lo retrógrada forma de pensar y actuar que existe en la sociedad cada vez más machista y denigrante con la vejez. Todos tenemos el mismo derecho a divertirnos siempre y cuando no se lastime a terceros. ¿En qué agrede a los demás si un anciano decidió que hoy quería irse a tomar unos tragos o, simplemente bailar, en un antro repleto de jóvenes?

Motes discriminatorios

El mote “chavo-ruco” se le acuñó a todas las personas que ya son grandes de edad y realizan actividades o actúan como jóvenes. Insistentemente, y de una forma violenta, se trata de segmentar en etapas a las personas de manera social coartándole su natural derecho al esparcimiento, sin que ello lo coloque como objeto de señalamientos incubados por la ignorancia. Publicidad implícita ha mostrado que el ser un “chavo-ruco” está cool mientras es el centro de atención para las burlas y vejaciones de los demás.

La discriminación ante las anatomías extrañas a los estándares de la prefabricada “belleza” obliga a muchas personas a adquirir indumentaria mucho más holgada porque si “se atreven” a usar una prenda de su gusto, pero ajustada, será el candidato o candidata de las burlas y agresiones visuales y verbales. Si tú eres quien va a pagar esa prenda, entonces ¿qué importa lo que digan los demás?

El ocultamiento de la edad también ha sido una forzada acción para ingresar a tal o cual círculo social y no ser discriminado, porque vale más una persona joven que una de edad adulta, o viceversa. Cuando podríamos ser mucho más extensos de pensamiento e ideas donde la gente haga lo que decida que es mejor para ella.

La fragmentación social es más descollante que la propia naturaleza del ser humano. Donde las etiquetas tienen un peso devastador, aplastando (en algunos casos) la autoestima de los individuos. 

Desde siempre, he celebrado a las personas que deciden vestirse, actuar, pensar como su libre albedrío les dicta, sin importar que a los demás les parezca denigrante. Si compran la ropa que más les gustó es su derecho porque es su cuerpo y su dinero. Tengo 35 años y en mi cara se dibuja una enorme sonrisa cuando veo a personas ancianas que se atreven a mostrar los hombros, las piernas, usar un bikini… porque eso es el reflejo de una autoestima sólida y que están siendo felices con ellos mismos.

Necesitamos echar a la basura estereotipos que nos obligan a ser infelices durante nuestra vida. Incluir en nuestra cultura del respeto la diversidad de personalidades, nos permitirá abrirnos un enorme panorama y evitaremos que las personas crezcan con frustraciones innecesarias. La cultura del respeto se debe implementar desde la infancia e irse arraigando y solidificando con el paso de los años.   

*ISRAEL MENDOZA TORRES es escritor y periodista. Cuenta con 13 años de trayectoria profesional. Miembro Titular de la Academia Literaria de la Ciudad de México, A.C. Co-Autor de la antología “La primavera la sangre altera III” (2016), tras resultar uno de los diez finalistas del concurso internacional de microrrelatos “La primavera” en Madrid, España. Autor del exitoso libro “Desmoronando el tiempo” (2015). Co-Autor de la antología literaria “Hojas paralelas” (2014). Sus artículos y columnas periodísticas han sido publicados en América Latina, México, Estados Unidos y España. Ha participado en Ferias Internacionales del Libro. Titular del programa de radio “El vicio por las letras”. Conferencista y tallerista literario.
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